Una canita al aire ( iii )

Efectivamente, lo que he estado haciendo en las entradas previas de “Una canita al aire” no es algo que nos permita decir mucho sobre la Ley de Say. Ni siquiera estoy muy seguro de cómo pueden ser leídas esas gráficas al pretender que no existen precios de los factores. Es algo que he hecho exclusivamente para obviar la polémica sobre el capital de Cambridge. La esencia de la Ley de Say es que la producción genera rentas que son empleadas en los bienes consumidos generando demanda. Si de alguna forma puede ser pensado el modelo es como la relación entre la oferta de trabajo y la capacidad para transformar ese trabajo en riqueza. En la gráfica (C) se presenta un fenómeno que podríamos llamar “masoquismo industrial”: las sociedades actuales pese a que generan grandes incrementos de renta se muestran insensibles a esos incrementos, siendo el número de horas contratadas (obviemos crisis inoportunas) inelástico a ese incremento. Sobre este hecho existe evidencia empírica contradictoria. A favor: Francis & Ramey, “A Century of Work and Leisure“, y en contra Aguiar & Hurst “Measuring trends in Leisure: The Allocation of Time over Five Decades“. Siendo la controversia entre los dos enfoque sobre la forma de medir el tiempo de trabajo en caso de haber disminución esta no ha sido muy significativa por lo que la otra variable a tener en cuenta sería fundamental a la hora de determinar la pendiente de la curva de indiferencia: ¿Ha aumentado sensiblemente la renta en las últimas cinco décadas? Las respuestas de los economistas varían entre “mucho” y de “forma extrema”, dependiendo de cómo se mida esa variación. Si somos inmensamente más ricos ¿por qué somos tan masoquistas?
Mi idea ya la he apuntado en entradas previas y entronca con mi trabajo de los últimos dos años: las formas de racionalidad y su relación con la toma de decisiones. Básicamente: si quien construye el sitio donde vas pasar tu tiempo libre es quien te vende no esperes de ti misma una conducta muy racional. Estoy pensando en los centros comerciales. Las corrientes principales de la ciencia económica piensan el desarrollo como derivado de la innovación empresarial, el desarrollo tecnológico y demás. No es cuestión de ponerse neo luditas (por muy bien que nos caiga alguna de esa gente), pero lo cierto es que se ha construído en el pasado siglo una potente estructura de oferta olvidando el lado de la demanda. No podemos dejar de recordar que la corriente crítica principal con la economía ortodoxa (que dirían Winter & Nelson) han sido los hijos de Keynes, cuya preocupación fundamental es ¡estimular la demanda!. Por su lado los de la economía evolutiva que he estado estudiando este mes son grandes especialistas en la dinámica capitalista ¡y sólo tienen ojos para la oferta! El lado de la demanda prácticamente no lo mencionan. Los únicos que han dicho algo al respecto han sido las gentes de la economía ecológica y los decrecentistas, a los que no he leído pero que por lo que me suena construyen más una crítica de la «irracionalidad global del sistema» que una revisión constructiva del mismo: no señalan sus puntos fuertes y por donde hace aguas. (Creo).
La necesidad del desarrollo de una racionalidad de la demanda es lo que ocupa lo que pienso que debemos hacer. No se trata sólo de “consumir más racionalmente”, sino de generar mejoras tecnológicas, avances en eficiencia, a través del lado de la demanda. Y creo que para pensar adecuadamente las dinámicas que pueden ser desencadenas a través de ese lado de la demanda debemos introducir en el gran caldero otros ingredientes diferentes de la competencia, la definición individual de los derechos de propiedad, o la maximización de los beneficios. Es otra la racionalidad que nos encontramos de ese lado. Lo cual no quiere decir que haya que castigar a las dinámicas que tienen lugar en el lado de la oferta. Estos puntos serán tratados de forma más extensa el año que entra (2013) que aprobecho para deseároslo bueno, aun que venga penoso.
Ha muerto Hirschman que en su “Los intereses y las Pasiones” se ocupaba de forma amplia de los pensadores escoceses y franceses del XVIII, de su preocupación por el desenfreno de las pasiones del Príncipe, y de la necesidad de desarrollar un contrapeso que hiciese de balanza a esas pasiones, una pasión tranquila y de efecto “pulicio”, que se diría en el medievo. (i.e. civilizatorio ). De igual forma que pensaron la división de poderes en el ámbito político pensaron el interés propio como contrapeso económico a la propia esfera de las pasiones, que tendría efectos apaciguadores entre las naciones mediante la promoción del comercio y el intercambio.
Espero, por otra parte, que este no sea la última entrada de hoy, tengo todavía un par de gráficas en el bolsillo que tienen más de broma que otra cosa, aunque me sirva de ella para la introducción del concepto de “demanda reflexiva”, que contrapongo a la “demanda masoquista” que nos caracteriza. Así será si no caigo agotado.
Anuncios

una canita al aire ( i )

Cuando quieres decir muchas cosas lo difícil es comenzar. Y en ese sentido este es una de las entradas más ambiciosas que he escrito. No es sobre lo que quiero que sea mi tesis sino sobre un tema que le adyace: las formas de consumo en relación a las de producción. Es algo tan viejo como la Ley de Say e igual de complicado. Me gusta la forma en la que Schumpeter la formula, él, que es un defensor. Le dediqué una entrada hace tiempo. La forma de expresarla es ciertamente extraña, la traducción es de Manuel Sacristán por lo que la confianza en la misma es absoluta. La relatividad en la que inscribe las relaciones de oferta y demanda debe ser tenida siempre en mente, así como ese “de la industria” que se repite.

Me he pasado el mes leyendo a Winter & Nelson y su formulación de la Economía Evolucionista que intenta formalizar la visión que Schumpeter tenía de la dinámica económica. Es enriquecedor. Me ha llamado la atención ese viejo énfasis en el lado de la oferta y los delicados pasos que deben dar a la hora de intentar formular el aspecto normativo de su propuesta. Estoy leyendo, en paralelo, “La Ley de Say”, de Adolfo Rodríguez Herrera, en el que se refieren a la aceptación general de la ley por parte de los economistas y de cómo los críticos con la misma lo son con la consideración de su cumplimiento universal. Malthus, Marx y Keynes son algunos de los que dudan de que siempre y en todo momento esa especie de movimiento autogeneratriz iguale resulados y deseos.
Por último he estado leyendo el blog de Krugman. (!!!). Ha estado incomodando con los efectos del cambio tecnológico sobre la distribución de las rentas: defiende que existe un tipo de cambio tecnológico sesgado en favor del capital que acaba repercutiendo sobre el reparto de las rentas y que, piensa, es lo que subyace en la tendencia observada en EEUU al respecto en lo últimos decenios. Algunas críticas bastante sensatas se dirigen al propio concepto de capital, que puede ser tantas cosas que no es posible medirlo apropiadamente. (En el blog de Mark Thoma, y en el de de Dean Baker). 
Otras, más airadas, cuestionan los resultados del análisis llevado a cabo. Son los neoricardianos Matías Vernengo a través de Naked Keynesianism y Robert Vienneau en el propio foro de NK y en el pasado a través de su propia bitácora: Thoughts On Economics. Las críticas que lanzan suponen una dificultad cierta: se refiere a los valores de cambio en una economía que experimenta un cambio tecnológico: la introducción de nuevas técnicas desplaza la función de producción y ello afecta a las rentas generadas por los distintos factores. En la teoría neoclásica la distribución de esas rentas depende de la pendiente de la curva de la función de producción: cociente entre capital y trabajo. La intensidad relativa con la que se usan los factores modifica el reparto de las rentas. Para ilustrar que es eso y no otra cosa lo que Krugman defiende lo citan: “and if you’re worried, yes, workers and machines are both paid their marginal product.” Las consecuencias serían que si el factor trabajo se abarata las empresas pasarán a utilizar en mayor medida la tecnología intensiva en trabajo, mientras que si se produce una mejora tecnológica serán las tecnologías intensivas en capital las que pasarán a ser más utilizadas. El problema que le ven los neoricardianos (formando parte del grupo del Cambridge británico) es que para que esto sea cierto es necesario que: “The linear technologies of his example presume that all sectors have the same capital to labor ratio.
No sé hasta qué punto están en lo cierto en esto en el sentido de que Krugman lo que plantea es una economía que transita de un estado relativamente intensivo en mano de obra a otro más intensivo en capital, no que todos los sectores de una economía posean el mismo cociente entre capital y trabajo. De hecho me gusta la forma gráfica en la que interpreta a Krugman el tipo este de la Canadian Initiative, en la cual nos basaremos que la realización del presente análisis.
Por otra parte nuestro análisis se aparta de la polémica Krugman — Neoricardianos. No estamos interesados en la distribución de las rentas ni en los valores de cambio, interpretamos la Ley de Say en el sentido de que las fuerzas que mueven el capitalismo son de oferta, esto es, el cambio tecnológico desplaza la función de producción y ante esos cambios reacciona la curva de indiferencia entre ocio y trabajo. Ahora pasaré a relatar los presupuestos de los que parto.
Igual que cuando el cambio de década en los 90 hizo que por motivos tácticos pasase de ser de los Celtics a ser de los Pistons durante un par de años (yo realmente era anti-Lakers showtime), por un momento me voy a hacer marginalista de los chungos: asumo que la economía se encuentra siempre en equilibrio y que la relación entre cantidades producidas y número de horas trabajadas viene dada por la tangente entre la función de producción y la curva de indiferencia entre ocio y trabajo. Al mismo tiempo he de aclarar que al ser una adhesión táctica no asumo alguno de los principios del marginalismo ni mis objetivos son los mismos. No caeré en el error de Krugman de asumir que tanto trabajadores como capitalistas perciben la renta correspondiente al producto marginal de lo que aportan. Así, la intersencción entre ambas curvas no representa, como ya he dicho, los valores de cambio, sino que se da en la economía una oferta de mano de obra que se las tiene que ver con técnicas productivas de diversas productividades. Como el chico de “Canadian Iniciative” entendemos que las mejoras tecnológicas abomban la función de producción (seguimos en eso a Krugman), y pensamos también que la forma de la curva de indiferencia entre ocio y trabajo está fuertemente influenciada por aspectos institucionales. Interpretamos el marginalismo como un concepto válido para amplios agregados y movimientos seculares, que la economía esté siempre en equilibrio no como que deseos y realidades coincidan, sino de una forma un tanto tautológica: los acuerdos a los que se llegan son los que son y además no podían ser de otra forma dadas las circunstancias de la economía.
 (continúa)

función y forma

Sin quererlo me he visto obligado a atender a alguna de las cosas que suceden en el continente Americano. Existen en México inquietos movimientos populares que están recurriendo a la reinvención del pasado para intentar cambiar su presente. Hace unos días atendí a una conferencia youtube a ser impartida por Anselm Jappe en San Cristobal de las Casas. Finalmente Jappe no pudo asistir por lo que un profesor allí presente dio lectura a un escrito enviado por Anselm. La conferencia fue colgada en youtube por la API (Agencia de Prensa India). Después abrí el Google Earth para pasearme por San Cristobal, Chiapas, Oaxaca (segundo hogar de un buen amigo), y finalmente la Baja California. Para alcanzar perspectiva me alejé y roté la tierra de forma que en el mismo plano pudiera alcanzar a ver desde San Francisco hasta San Cristobal.

Todo esto no tiene nada que ver (aparentemente) con lo que quiero hacer hoy salvo quizás la posibilidad de mentar a los mexicans. Hoy quería desarrollar una ocurrencia que tuve ayer después de ir a ver “This must be the place“, (recomendable). Decía un querido profesor mío de micro que lo que no se te ocurra un viernes por la noche mientras ves una película de Bruce Willis (en Arma Letal para más señas) no se te ocurrirá jamás (relatando una experiencia propia sobre el significado del signo de una derivada segunda); yo debo conformarme con Sean Penn un lunes por la tarde pero quizás todo sea cuestión de biorritmos. Pues bien, salía de la película y comencé a pensar en Postone. He comenzado “Tiempo, trabajo y dominación social” y una de las cosas que más me ha llamado la atención es su énfasis en las distinciones de lo histórico y lo transhistórico a la hora de categorizar. La introducción que realiza sobre el pensamiento de Marx me está gustando mucho. Entonces di en pensar en el cuadro lógico sobre lo cogniscible y la conciencia: 
|————ºººººººººººººº——————-|———–ºººººººººººººººº————————|
| LO Q SABEMOS Q SABEMOS        |        LO Q SABEMOS Q NO SABEMOS |
|                                                          |                                                                |
|———————————————-|—————————————————–|
| LO Q NO SABEMOS Q SABEOS    | LO Q NO SABEMOS Q NO SABEMOS     |
|                                                         |                                                                  |
|———————————————|——————————————————| 
para completar la merienda me vino a la mente algo sobre lo que he vuelto estos días: “The future of Hegel: Plasticity, Temporality, Dialectic“, un artículo de Catherine Malabou en Hypatia en el que hace un resumen de la que fue su tésis doctoral, dirigida por Derrida. Es un artículo que me encanta por la forma que tiene de desplegar metodología (de conducirse) la Malabou. Definiendo primero la forma de definir, después aquello que es plasticidad, después la dialéctica como una forma de plasticidad, para finalmente ponerse a trabajar sobre la relación entre plasticidad y temporalidad. Cuando, en la anterior entrada intenté entender cada una de las formas de racionalidad mediante el cuadro anterior lo hice primero respecto de dos conceptos muy determinados de racionalidad para depsués intentar aplicarle una Zizek. el problema con Zizek surgía debido a la forma en que relaciona conciencia y saber, distinto de conocimiento. Pero realmente no se aplicó al cuadro ningún concepto de racionalidad en ese caso. En caso de haberla es como si hubiera distintas racionalidades en juego, no una que privilegie un cuadrante sino varias que se interrelacionan (en contradicción o complementariedad) en cada uno de los cuadrantes. Hubo muchas cosas de las que soy consciente que me quedaron en el tintero que debería siquiera apuntar. Es la inseguridad del que no sabe bien dónde se mete. Malabou recurre a una cita de Cangilhem para explicarnos la forma en la que debemos trabajar con conceptos; la cita me encanta y paso a reproducirla por enésima vez en esta ocasión citándome a mi mismo:
“In order to develop a concept, it is important to vary both its corresponding extension and its intelligibility. Canguilhem recommends generalizing the concept by incorporating its exceptions.
It is to export it outside its original domain using it as a model giving it the function of a form.”
En este caso nuestro concepto es el de racionalidad económica. El cuadro lógico nos servía para categorizar, así las distinas formas de racionalidad estudiadas encontraban lugares distintos. En el primer caso (neoclásica y aledaños) nos centramos en el primer cuadrante y obtenemos debido a ella una serie de postulados añadidos: maximización en varios ámbitos: recogida de información y capacidad de cómputo mediante un uso consciente. Existe una variane (Glincher) que no solitica conciencia y que veremos más adelante. En el segundo caso (hayekiana y aledaños) domina el enfoque satisfactor (Simon) en lo tocante a lo cognitivo y la racionalidad presentada no demanda demasiado: un buen diseño institucional (estructura). Los requisitos, de acuerdo con el entorno al que remite esta forma de racionalidad, tienen que ver con el ámbito de actuación de las formas que la hacen trabajar. Su entorpecimiento no tiene sólo consequencias económicas sino también políticas. Por último el marxismo a la Zizek no entiende la racionalidad como un ámbito de afirmación similar dado que el sentido de las tensiones aportadas por las razones a tener en cuenta en lo económico se encuentran escindidas, por una parte (la racionalidad de lo institucional –las razones a las que responde- ejerce un dominio sobre otro tipo de racionalidad siendo, en lenguaje Zizekiano, un tipo de excrecencia de la primera: la presente en las razones a las que responde el sujeto de lo consciente / inconsciente). Y por otra aquí existe la necesidad de trazar una forma temporal que diferencie lo histórico de lo transhistórico, para mediante la temporalidad darle la fución de una forma. Es por ello que las dos primeras concepciones tienen una noción de lo óptimo en cuanto a un tipo de racionalidad a ser afirmada, mientras que esta última renuncia a dibujar un óptimo racional o cuando menos encuentra lo racional como conflictivo, necesario y peligroso. Lo que en las dos primeras formas son impedimentos a la racionalidad en esta última no tienen por qué serlo, pueden bien ser formas pasa su transformación.
Para trabajar con la racionalidad a la Zizek nos proponemos aplicar al cuadro de lo cognoscible la dimensión de capitalización entendiéndolo en la forma que lo hace Schumpeter, recordemos: 
El análisis de la decisión económica, que es realmente todo el contenido de lo que estamos acostumbrados a estudiar en la forma particular de una teoría del valor, se puede desarrollar, en su plano más abstracto, a base de cosas sin especificar llamadas “bienes”, sin más propiedades que las de ser deseadas y ser escasas. Pero es natural que, con objeto de abrirnos camino más allá de las generalizaciones más áridas, tomemos de nuestra visión de la realidad otras restricciones más, aplicables a la decisión económica, restricciones implicadas en nuestro “know-how” o, por decirlo menos coloquialmente, en las limitaciones de un determinado horizonte tecnológico, y que permitirán algunas transformaciones de nuestro fondo inicial de bienes e impedirán otras. En cualquier caso, hemos de postular determinadas necesidades y determinados deseos, un determinado horizonte tecnológico, determinados factores ambientales, como la tierra y un personal de concretas cualidades y clases, y un fondo dado de bienes producidos, con los cuales arrancar. Pero aún no basta con eso. Este fondo inicial de bienes no es un montón homogéneo ni amorfo. Sus varias partes se complementan las unas con las otras de un modo que entendemos fácilmente en cuanto que se habla de edificios, equipo, materias primas y bienes de consumo. Algunas de esas partes tiene que estar disponibles antes de que podamos manejar otras; y hay secuencias y retrasos varios entre las acciones económicas que se imponen inapelablemente y restringen ulteriormente nuestras decisiones; y eso ocurre de modos muy diferentes según la composición del fondo o capital inicial con el que hayamos de trabajar. Expresamos [700] esta circunstancia diciendo que la reserva de bienes existente en cualquier momento es una cantidad estructurada, una cantidad que presenta en sí misma relaciones estructurales que configuran en parte el curso ulterior del proceso económico. 
CON UNAS RESTRICCIONES (a desarrollar en en futuro) SOBRE LA ONTOLOGÍA DE LOS ELEMENTOS QUE PARTICIPAN.
Ellos es debido a que no es posible recurrir únicamente a la dimensión que pueda aportar la capitalización a nuestro cuadro, el hecho de que la racionalidad se encuentre escindida se debe a la concepción dialéctica de la dinámica que se presupone al proceso. Para ello consideraremos una visión desde la plasticidad de los procesos al modo en que lo hace Catherine Malabou.

G^3 (Anexo I)

Ya he dicho algo sobre personas que estudian estruturas. Además en la entrada de hoy del G^3 se habla tembién del entorno como una estructura a ser explotada mediante determinado tipo de reglas. Gigerenzer enfatiza el lado de la heurística, esto es, de las reglas que hemos de seguir para tomar buenas decisiones en ese contexto. Pero el contexto es un entorno capitalizado: hemos invertido tiempo en la redacción de materiales y los hemos ordenado de tal forma que nos sea sencilla la utilización de una heurística sencilla y rápida, esto es, hemos planificado.
Planificar la disposición del entorno, cultivarlo, tiene que ver con esto. Es como un huerta en la somos un pequeño timonel. Es una forma de capitalizar.
Veamos qué nos dice Schumpeter al respecto, que lo tenemos un poco abandonado. Después de haber expuesto las diversas polémicas terminológicas entre los clásicos en torno a aquello que es o no es capital se queja amargamente del tiempo que pierden los economistas en este tipo de disputas. De lo difícil que es llegar a una visión clara de las cosas, incluso entre las mentes más agudas que disponen de los mimbres teóricos para llegar a las concluciones adecuadas (Mill). Entonces se dispone a exponer lo que para él es «capital»:

 El análisis de la decisión económica, que es realmente todo el contenido de lo que estamos acostumbrados a estudiar en la forma particular de una teoría del valor, se puede desarrollar, en su plano más abstracto, a base de cosas sin especificar llamadas “bienes”, sin más propiedades que las de ser deseadas y ser escasas. Pero es natural que, con objeto de abrirnos camino más allá de las generalizaciones más áridas, tomemos de nuestra visión de la realidad otras restricciones más, aplicables a la decisión económica, restricciones implicadas en nuestro “know-how” o, por decirlo menos coloquialmente, en las limitaciones de un determinado horizonte tecnológico, y que permitirán algunas transformaciones de nuestro fondo inicial de bienes e impedirán otras. En cualquier caso, hemos de postular determinadas necesidades y determinados deseos, un determinado horizonte tecnológico, determinados factores ambientales, como la tierra y un personal de concretas cualidades y clases, y un fondo dado de bienes producidos, con los cuales arrancar. Pero aún no basta con eso. Este fondo inicial de bienes no es un montón homogéneo ni amorfo. Sus varias partes se complementan las unas con las otras de un modo que entendemos fácilmente en cuanto que se habla de edificios, equipo, materias primas y bienes de consumo. Algunas de esas partes tiene que estar disponibles antes de que podamos manejar otras; y hay secuencias y retrasos varios entre las acciones económicas que se imponen inapelablemente y restringen ulteriormente nuestras decisiones; y eso ocurre de modos muy diferentes según la composición del fondo o capital inicial con el que hayamos de trabajar. Expresamos [700] esta circunstancia diciendo que la reserva de bienes existente en cualquier momento es una cantidad estructurada, una cantidad que presenta en sí misma relaciones estructurales que configuran en parte el curso ulterior del proceso económico.
Schumpeter, J.A. Historía del Análisis Económico, Tercera parte [economía general, teoría pura], capítulo 5 [capital]; apartado b) [la estructura del capital físico] p. 699. Ed. Ariel, 1994.

plétoras por doquier

Sigo hoy con lo de ayer y me queda por tanto una entrada pendiente que tiene que ver con el mercado de trabajo y consideraciones sobre su flexibilización desde un punto de vista liberal. Me basaré en una quick lectura de la obra de Dworkin para aplicar ese molde liberal al mercado de trabajo con la pretensión, quizás fatua, de criticar los modelos actuales de mercado laboral clamando por una interveción estatal en la materia. Veremos que tal resulta. Ahora sguimos con lo de ayer. La lectura que traigo es densa: el posicionamiento de Schumpeter respecto de la ley de Say tendiendo en cuenta a los críticos de la misma, fundamentalmente lord Keynes.
La apariencia de identidad en la ley de Say es lo que mueve a Schumpeter y le preocupa. Nos dice que pese a incorporar una identidad no es trivial y esa no trivialidad tiene su importancia. En las páginas 686 y 687 expone cuatro interpretaciones habituales que se han hecho de la ley como identidad y con las que no está de acuerdo: la ley como identidad contable (lo que se compra se paga), otras que la interpretan bajo el prisma de una economía de trueque (no monetaria, en donde todo comprador es también un vendedor), la tercera está representada por Keynes aunque ha sido mejor formulada por Lange, en la cual se introduce el dinero pero se sigue considerando la fórmula sayniana como una identidad, sosteniendo Schumpeter que debe ser considerada como una igualdad. Esta tercera postura y el consiguiente posicionamiento de JAS al respecto constituye el objeto de esta entrada, dado que pienso que es ahí en donde se encuentra el solomillo de la cuestión. La última interpretación consiste en una lectura, que JAS considera ridícula, realizada por el propio Say.
Después de este sumario introduce (687) es el descuido del tema monetario -fulcral- por parte de Say. Es después que JAS se centra (688 y ss) en la polémica subsiguiente desarrollada en torno a la Ley de Say y que pasamos a relatar en forma de citas trufadas de tímidos comentarios, debido a que no nos consideramos lo suficientemente competentes como para terciar en tan sutiles argumentos. Nos dice JAS que los argumentos principales de la Ley fueron aceptados por Ricardo, tanto el grano como la paja; fue atacado por otros, como Sismondi, Malthus o Chalmers y que finalmente J.S. Mill terció en favor de Say aportando un perfeccionamiento de su teoría que no consideró como tal:

“JS Mill admite plenatmente que hay tiempos de crisis en los cuales ‘existe realmente un exceso de todas las mercancías respecto de la demanda monetaria; dicho de otro modo, hay suboferta de dinero… Por eso casi todo el mundo quiere vender y hay pocos compradores, de modo que s epuede producir realmente… una depresión extrema de los precios generales partiendo de lo que que se puede llamar independientemente plétora de mercancías o escasez de dinero’. Este paso es muy interesante desde varios puntos de vista. En primer lugar muestra que,  pese al léxico y las formulaciones de Say, un seguidor suyo muy competente no interpreta su doctrina en el sentido de la negación de la existencia de ‘plétoras generales’. En segundo lugar, y a fortiriori, el paso elimina todas las interpretaciones de Say que convierten su ley en una identidad de uno u otro tipo; de este modo robustece nuestra interpretación.”

En la nota 90, contenida en este párrafo, comenta como Mill argumenta que los vendedores pueden negarse a sen compradores. Para Schumpeter Mill siempre será un referente, no sólo intelectual, sino también moral. Suele reprochar a los economistas la continua caída en vicios ricardianos, y grandilocuencias, dejándose llevar por las polémicas más que por el rigor y la providad intelectual. Asimismo destaca sobremanera la modestia de Mill.

“En tercer lugar, vale la pena observar un curioso halo moderno de ese paso. Obsérvese, en particular, la frase ‘suboferta de dinero’, que no significa, evidentemente, que las minas o las prensas no hayan producido la cantidad de moneda suficiente, sino que es equivalente exact de la moderna noción de dmeanda excesiva de liquidez por parte de las empresas y de las economías individuales. Esto contribuye un tanto a reducir a sus dimensiones propias las objeciones formulables al expeditivo tratamiento del factor por Say, aparte de dar un ejemplo del modo en el cual investigadores serios y leales pueden tratar deficiencias análogas de sus predecesores.”

Siguen párrafos muy interesantes y que sería conveniente tener en cuenta pero intentaré resumirlos hasta llegar a la parte fundamental de la argumentación. Remito al propio libro a toda aquella persona interesada en el debate. Así, en los párrafos que siguen discute JAS la diferencia entre la concepciónde Mill y la posterior de Keynes al respecto del exceso de demanda de dinero. Comenta asimiso las difernecias entre Malthus y Say, centrándose en la consideración de la cantidad óptima de ahorro, parte que no puedo sino reproducir:

“Lo que malthus sostenía era que, rebasado cierto punto óptimo, el ahorro produce una situación insostenible: la demanda efectiva de bienes de consimo procedente de los capitalistas y de los terratenientes no aumentaría lo suficiente para absorver la creciente oferta de productos resultante de una creciente conversión de renta en capital, y de la demanda efectiva de bienes de consumo procedente de los trabajadores, aunque sin duda aumentaría, no puede constituir motivo ulterior de acumulación y ulterior empleo del capital. En esto estriba la principal objeción de Malthus a la Ley de Say. Más adelante analizaremos el error que contiene.”

Y ahora entra, sin solución de continuidad, Keynes en el argumentario shumpeteriano, cuestión que nos fuerza a continuar con el citado sin que podamos saltarnos, casi, ni una sola frase. En los tra párrafos que siguen, el último el central, van incercendo en intensidad teórica hasta llegar al punto en el que Schumpeter se distancia decisivamente de Keynes.

“En todo caso, ese error no se puede imputar a Keynes. Aunque bastantes pasos de Malthus y de Lauderdale sugieren sin duda parte de la argumentación de hoy (¿o de ayer?) contra el ahorro, no puedo evitar la creencia de que lord Keynes no habría aceptado globalmente todos los puntos y comas de Malthus. De todos modos el planteamiento analítico de Malthus contiene de hecho la idea de una curva de dmeanda agregada de bienes de consumo tomada como un todo. por más que sin consciencia de los problemas que suscita este concepto; por eso se puede decir con justicia que Malthus se ha anticipado a Wicksell [nota mental, leer a Wicksell], el cual será el economista de primer orden que adoptaría más tarde la noción.
Como la cuestión de las ‘plétoras generales’ se volverá a presentar en el capítulo siguiente, dejaré la cuestión en este punto. Y como ni Say, ni Malthus ni Mill han percibido los problemas de la determinación del equilibrio planteables por el factor monetario, dejaremos este aspecto del problema para la parte siguiente. Pero algunos lectores agradecerán acaso un resumen que haga ulterior referencia al análisis keynesiano [me faltan 600 páginas para llegar ahí]. Vamos a ofrecerlo ahora.
Desde luego que Keynes no se ha propuesto nunca negar la proposición que antes hemos llamado ley de Say. Esto se ve ya en su advertencia de que su función de oferta agregada y su función de demanda agregada no se deben confundir con las funciones de oferta y demanda ‘en el sentido ordinario’. Pero Keynes creía que la ley de Say afirma ‘que el precio de demanda agregada del output como un todo es igual a su precio de oferta agregada para todos los volúmenes del output’. (op. cit. [th general] p.26); esto es, Keynes ha interpretado a Say como luego lo ha interpretado Lange. Nuestra propia interpretación se puede reformular del modo siguiente si, para facilitar la comparación, renunciamos a nuestra objeción a los conceptos de precio de demanda agregada y precio de oferta agregada [es la concepción schumpeteriana de la ley de Say que citamos ayer y que viene a introducir algo así como una teoría de la relatividad de las ofertas y las demandas agregadas tomadas en su conjunto, las unas respecto de las otras, y que por lo tanto resulta en la propia relatividad de las condiciones de equilibrio, lo cual resulta sumamente sugestivo]: la ley afirma que el precio de demanda agregada del output tomado en su totalidad puede ser igual a su precio de oferta agregada, y esto para todos los volúmenes de output total; o, también, que el equilibrio dentro del output total es posible para todos los volúmenes del output, mientras que no es posible un equilibrio para todos los outputs de zapatos; o, de otro modo aún, que no existen antes como el equilibrio o el desequilibrio del output total con independencia de las relaciones recíprocas entre sus componentes. Si esta interpretación es correcta, anula la objeción de Keynes. Pero no es así. Pues la proposición, más débil, que afirma sólo la posibilidad de equilibrios en todos los niveles de output total, y no identidad de “la demanda y la oferta de output total”, sigue dando de sí la proposición –no equivalente, sin embargo, a ella- de que la competición entre empresas tiende siempre a una expansión del output hasta el punto de utilización plena de los recursos, u output máximo. Y ésta es la proposición a la que se opone Keynes en realidad. Pero como la única razón en que se basaba era que la gente no gasta toda su renta en consumo, ni invierte necesariamente el resto –con lo que obstruye, según Keynes, el camino al ‘pleno empleo’-, habría sido más natural no oponerse a aquella proposición, del mismo modo que no negamos la ley de gravitación por el hecho de que la Tierra no se precipite sobre el Sol, sino decir simplemente que el funcionamiento de la ley de Say, la cual expresa correctamente una tendencia, se ve impedido por determinados factores que Keynes consideró lo suficientemente importantes como para incluirlos en su propio modelo teórico.

Ley de Say según Schumpeter

Pero es razonable afirmar que el output de equilibrio de una industria, su producto total que no es ni demasiado grande ni demasiado pequeño, no es el “correcto” sino relativamente alos outputs de las demás industrias. No tiene sentido calificarle de correcto sin relacionarlo con los demás. Dicho de otro modo: demanda, oferta y equilibrio son conceptos para describir relaciones cuantitativas dentro del universo de las mercancías y los servicios. No tienen sentido globalmente referente a este universo. Hablando con rigor, no tiene sentido hablar de la demanda y la oferta totales o agregadas de un sistema económico y de superproducción en ese contexto, del mismo modo que no lo tiene el hablar del valor de cambio de todas las cosas vendibles tomadas juntas, o del peso del sistema solar tomado en su conjunto. Si insistimos en aplicar los términos ‘demanda’ y ‘oferta’ a totales sociales hemos de tener presente con precisión que los términos significan en ese uso algo enteramente distinto de lo que significan en su concepción común. En particular, la demanda y la oferta agregadas no son independientes la una de la otra, pues las demandas que componen la demanda total “del producto de una industria (o empresa o individuo) proceden de las ofertas de todas las demás industrias (o empresas, o individuos)” y, por lo tanto, aquélla aumentará en la mayoría de los casos (aumento real) si aumentan esas ofertas, y disminuirá si ellas disminuyen. Esta es la proposición a la que (con Lerner) yo llamaría ley de Say, y la que creo refleja mejor la idea básica de éste”.

Schumpeter, J.A., Historia del Análisis Económico. pp 684-685.

rutinas

Sigo combinando a Gigerenzer con Schumpeter. Hoy he encontrado interesantes los artículos de Tano Santos sobre las finanzas en España. La pacienca que hace falta para leerlos gratifica. También una charla suya en youtuve y otra de Tim Harford. Y un artículo conjunto de ambos que me reservo.

He descubierto un artículo en español de Geoffrey Hodgson sobre instituciones e incertidumbre, en el que habla de hábitos, por lo que me resulta muy interesante: pasa a mi lista de “must read”. Había escrito ahora recientito una entrada sobre equidad y liberalismo en el mercado laboral, o algo así, que se me acaba de borrar y que intentaré reelaborar en cuanto descanse un poco. Las rutinas.