Una canita al aire ( iii )

Efectivamente, lo que he estado haciendo en las entradas previas de “Una canita al aire” no es algo que nos permita decir mucho sobre la Ley de Say. Ni siquiera estoy muy seguro de cómo pueden ser leídas esas gráficas al pretender que no existen precios de los factores. Es algo que he hecho exclusivamente para obviar la polémica sobre el capital de Cambridge. La esencia de la Ley de Say es que la producción genera rentas que son empleadas en los bienes consumidos generando demanda. Si de alguna forma puede ser pensado el modelo es como la relación entre la oferta de trabajo y la capacidad para transformar ese trabajo en riqueza. En la gráfica (C) se presenta un fenómeno que podríamos llamar “masoquismo industrial”: las sociedades actuales pese a que generan grandes incrementos de renta se muestran insensibles a esos incrementos, siendo el número de horas contratadas (obviemos crisis inoportunas) inelástico a ese incremento. Sobre este hecho existe evidencia empírica contradictoria. A favor: Francis & Ramey, “A Century of Work and Leisure“, y en contra Aguiar & Hurst “Measuring trends in Leisure: The Allocation of Time over Five Decades“. Siendo la controversia entre los dos enfoque sobre la forma de medir el tiempo de trabajo en caso de haber disminución esta no ha sido muy significativa por lo que la otra variable a tener en cuenta sería fundamental a la hora de determinar la pendiente de la curva de indiferencia: ¿Ha aumentado sensiblemente la renta en las últimas cinco décadas? Las respuestas de los economistas varían entre “mucho” y de “forma extrema”, dependiendo de cómo se mida esa variación. Si somos inmensamente más ricos ¿por qué somos tan masoquistas?
Mi idea ya la he apuntado en entradas previas y entronca con mi trabajo de los últimos dos años: las formas de racionalidad y su relación con la toma de decisiones. Básicamente: si quien construye el sitio donde vas pasar tu tiempo libre es quien te vende no esperes de ti misma una conducta muy racional. Estoy pensando en los centros comerciales. Las corrientes principales de la ciencia económica piensan el desarrollo como derivado de la innovación empresarial, el desarrollo tecnológico y demás. No es cuestión de ponerse neo luditas (por muy bien que nos caiga alguna de esa gente), pero lo cierto es que se ha construído en el pasado siglo una potente estructura de oferta olvidando el lado de la demanda. No podemos dejar de recordar que la corriente crítica principal con la economía ortodoxa (que dirían Winter & Nelson) han sido los hijos de Keynes, cuya preocupación fundamental es ¡estimular la demanda!. Por su lado los de la economía evolutiva que he estado estudiando este mes son grandes especialistas en la dinámica capitalista ¡y sólo tienen ojos para la oferta! El lado de la demanda prácticamente no lo mencionan. Los únicos que han dicho algo al respecto han sido las gentes de la economía ecológica y los decrecentistas, a los que no he leído pero que por lo que me suena construyen más una crítica de la «irracionalidad global del sistema» que una revisión constructiva del mismo: no señalan sus puntos fuertes y por donde hace aguas. (Creo).
La necesidad del desarrollo de una racionalidad de la demanda es lo que ocupa lo que pienso que debemos hacer. No se trata sólo de “consumir más racionalmente”, sino de generar mejoras tecnológicas, avances en eficiencia, a través del lado de la demanda. Y creo que para pensar adecuadamente las dinámicas que pueden ser desencadenas a través de ese lado de la demanda debemos introducir en el gran caldero otros ingredientes diferentes de la competencia, la definición individual de los derechos de propiedad, o la maximización de los beneficios. Es otra la racionalidad que nos encontramos de ese lado. Lo cual no quiere decir que haya que castigar a las dinámicas que tienen lugar en el lado de la oferta. Estos puntos serán tratados de forma más extensa el año que entra (2013) que aprobecho para deseároslo bueno, aun que venga penoso.
Ha muerto Hirschman que en su “Los intereses y las Pasiones” se ocupaba de forma amplia de los pensadores escoceses y franceses del XVIII, de su preocupación por el desenfreno de las pasiones del Príncipe, y de la necesidad de desarrollar un contrapeso que hiciese de balanza a esas pasiones, una pasión tranquila y de efecto “pulicio”, que se diría en el medievo. (i.e. civilizatorio ). De igual forma que pensaron la división de poderes en el ámbito político pensaron el interés propio como contrapeso económico a la propia esfera de las pasiones, que tendría efectos apaciguadores entre las naciones mediante la promoción del comercio y el intercambio.
Espero, por otra parte, que este no sea la última entrada de hoy, tengo todavía un par de gráficas en el bolsillo que tienen más de broma que otra cosa, aunque me sirva de ella para la introducción del concepto de “demanda reflexiva”, que contrapongo a la “demanda masoquista” que nos caracteriza. Así será si no caigo agotado.
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